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EUGENIA MARCOS |
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Alberto Ruy Sánchez
Las naturalezas deseantes de Eugenia Marcos
Cuando esta mujer pinta un vegetal es como si lo acariciara, lo oliera, lo probara con todos sus sentidos antes de llevárselo a la boca. Al ver sus cuadros se tiene la impresión de que los traza acrecentando su relación total con ellos antes de dejarlos listos para devorarlos hasta con los ojos. Cuando miramos sus naranjas somos testigos de ese instante en el que ella incorpora detenidamente sus formas redondas. Pero al mirarlas nosotros ya estamos también acariciándolas. No hay testigos de esta obra que no seamos de pronto sus cómplices. Ella nos hace tocar con los ojos esta vida intensamente demorada que en inglés llaman ‘vida detenida’, still life, y en español, por una de esas perversiones de la lengua llamamos ‘naturaleza muerta’. Pero Eugenia Marcos crea otra perspectiva sobre el género. Lo reinventa como intenso acercamiento de la mirada que se vuelve hambrienta de tacto y visión por todos los poros. Nos hace acariciar con los ojos estos cuerpos vegetales ajenos pero deseables, cada instante más deseables, que se volverán tal vez, ojalá, parte de nuestro cuerpo. Tan ajenos que pertenecen a otra especie, y tan deseables como el esplendor en el que sus cuadros los ofrecen. El arte como antesala de la cocina o la cocina como antesala del arte. ¿Fué primero el huevo o la gallina? No importa lo que fue sino lo que en este arte está siendo, está sucediendo. Estos vegetales ostentan su existencia ante nuestros ojos. No los comemos al verlos, no se nos hace agua la boca todavía, pero sí nos dejamos seducir completamente por su formas tan conocidas y tan extrañas, enfatizadas por la composición del cuadro. Es decir que comenzamos a incorpóralos, a hacerlos nuestros a través de los otros sentidos, comenzando por la mirada. Ni Still Life ni ‘Naturaleza muerta’, lo que Eugenia Marcos pinta y reinventa sistemáticamente merece llamarse ‘Naturalezas deseantes’ de sensualidad desbordada. Se apropia sistemáticamente de los instrumentos que le ofrece la ilustración científica de la naturaleza como se hacía en el siglo XIX. Sabe distinguir sus ventajas estéticas y los ingredientes de encanto que se han vuelto con el tiempo testimonio de un artista apasionado por las formas sorpresivas del mundo. Enfatiza lo que hay en la ilustración de gesto fascinado, de retrato que se quiere frío pero no puede serlo, y de combinación entre lo visual y lo escrito. También toma de la ilustración su naturaleza de exploración y conocimiento. Pero de la misma manera que los amantes se conocen acariciándose y besándose. Se exploran por fuera y por dentro, detalladamente se examinan desde ángulos distintos y se ponen nombres. Con frecuencia nos hace penetrar en la ilusión de realidad implícita en la ilustración científica y de golpe toma distancia con ella introduciendo elementos que imponen detenerse, ver de nuevo y escuchar que nos dicen: “esto es representación, imagen, pintura”. Como cuando los amantes interrumpen un beso y recuperan el aliento mirándose a los ojos. Eugenia Marcos también explora las posibilidades de composición interna del cuadro vinculadas a una ventana o a un nicho e incluso a lienzos flotando o atados. Y los vuelve cuadros dentro de cuadros dentro de cuadros. Pero lo hace con extrema franqueza y sutileza al mismo tiempo. Son como caricias inesperadas dentro de otras caricias que parecían que iban hacia alguna otra parte. Y cuando las cosas flotan en el aire de sus cuadros, cuando las semillas caen hacia distintos planos de realidad dentro de las composiciones sucesivas, cuando frutas y vegetales parecen levitar en una realidad incierta, es como un conjunto de sensaciones amorosas súbitas y perfectas que desencadenan al vuelo otras similares o distintas. Cuando Eugenia Marcos hace grandes acercamientos vegetales logra, por ejemplo, que el caprichoso interior de un pimiento sea más definitivo y único que un rostro. Pero no se aleja del retrato siempre sorprendente de la intimidad de un ser amado que se revela como una aparición excepcional de extraña pero contundente belleza. No que los iguale sino que expone el vínculo deseante que abre una revelación estética radical. Porque Eugenia Marcos es una artista de sensualidad exploradora que descubre una y otra vez revelaciones absolutas. Hace de este erotismo vegetal una estética sutil en la que frutas o verduras no son metáforas de otros cuerpos humanos, como hacen comúnmente los pintores que unen erotismo y naturaleza, sino que ella va más a fondo y muestra el vínculo erótico fundamental que nos une con el mundo: el filamento natural del deseo.
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Notas de la Autora:
Cuando pinto, me abstraigo del mundo y me sumerjo en la búsqueda de lo que realmente soy. Invento otra realidad, me alejo de la lógica y la razón para crear mi nuevo orden. A través del arte me re-invento. Casi siempre en la búsqueda, encuentro una semilla original que confirma mi identidad y me reconozco. Pintar es como contar una historia. Los personajes de las historias que cuento en esta época de mi vida, son sobretodo vegetales, por estar éstos vinculados a otra forma de creación que es el arte culinario: pinto aquello que cocino. Por eso, no hay nada que me estimule tanto la imaginación y la fantasía que un mercado. Desde niña, cuando acompañaba a mi madre a La Merced, me he dejado seducir por el color, el olor, el bullicio y la algarabía de los mercados. Me entusiasmo tanto y me despierta los sentidos de tal forma que entro en conflicto pues no sé qué se me antoja más: imaginar esos ingredientes en un cuadro o en un platillo. El conflicto se resuelve cuando mis modelos (frutas y verduras) terminan siendo creaciones culinarias: primero los pinto, luego los cocino. El olor de los chiles secos es quizá el que me transporta de inmediato a mi infancia y me permite reafirmar mi origen. El chile huele a vida. El aroma de las frutas, especies y chiles en un puesto del mercado, provoca una pasión que me hace querer combinarlos y transformarlos en platillos deliciosos a la vista y al paladar. Pintar y cocinar son artes que requieren un compromiso total y al compartirlos el gozo se multiplica.
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