Notas de la autora.

Cuando pinto, me abstraigo del mundo y me sumerjo en la búsqueda de lo que realmente soy.

Invento otra realidad, me alejo de la lógica y la razón para crear mi nuevo orden.

A través del arte me re-invento. Casi siempre en la búsqueda, encuentro una semilla original que confirma mi identidad y me reconozco.

Pintar es como contar una historia.

Los personajes de las historias que cuento en esta época de mi vida, son sobretodo vegetales, por estar éstos vinculados a otra forma de creación que es el arte culinario: pinto aquello que cocino. Por eso, no hay nada que me estimule tanto la imaginación y la fantasía que un mercado.

Desde niña, cuando acompañaba a mi madre a La Merced, me he dejado seducir por el color, el olor, el bullicio y la algarabía de los mercados. Me entusiasmo tanto y me despierta los sentidos de tal forma que entro en conflicto pues no sé qué se me antoja más: imaginar esos ingredientes en un cuadro o en un platillo. El conflicto se resuelve cuando mis modelos (frutas y verduras) terminan siendo creaciones culinarias: primero los pinto, luego los cocino.

El olor de los chiles secos es quizá el que me transporta de inmediato a mi infancia y me permite reafirmar mi origen. El chile huele a vida.

El aroma de las frutas, especies y chiles en un puesto del mercado, provoca una pasión que me hace querer combinarlos y transformarlos en platillos deliciosos a la vista y al paladar. Pintar y cocinar son artes que requieren un compromiso total y al compartirlos el gozo se multiplica.